En aquel parque donde se reunían el principio de la vida y el inicio del final, donde niños jugaban a correderas, cintas y patines, donde los ancianos sentían el alivio del sol y charlaban entre ellos, le encontré.
No se por que me senté a su lado; me transmitió cierta dulzura, me recordó a alguien a quien amé mucho y se marchó demasiado pronto.
El no dijo nada y así sin más, como si nadie le oyera, comenzó a hablar mirando al horizonte.
" Ya soy viejo, lo se. Lo noto en mi cuerpo aunque no en mi mente y
sin embargo, ya mi opinión, mis reflexiones y razonamientos, no les interesan a nadie.
Es muy dañina la soledad, aun mas sentirte ignorado.
Ignorado por quienes más necesito, por aquellos a quienes les di toda mi vida, por quienes luche a muerte, por quienes me tuvieron presente siempre que lo necesitaron, quien veló por sus sueños, quien les protegía en su camino hacia su madurez.
Y ahora ha llegado el olvido.
Es dura la vida, es injusta para un viejo como yo.
No necesito que me cuiden, que me vistan ni me aseen, no necesito que me alimenten, ni que me ayuden a pasear. Y si lo necesitase se que hay benditas personas que lo harían.
Pero no podrían nunca sustituir el cariño de quienes más has querido en la vida.
Una llamada, una sencilla conversación, una breve confidencia, un saber que te recuerdan...eso no es sustituible.
Ya soy viejo y sin embargo tu me estas escuchando. "
Seguí conversando con él, agradecía sus relatos de pura experiencia, me sentí satisfecha de haber sido quien le oyera y a la vez pena de saber que su soledad era inmensa a pesar de estar rodeado de gente, de niños que jugaban, de ancianos que charlaban, de tanta gente querida.













