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miércoles, 1 de mayo de 2019

¿VOLVEMOS A PONERNOS TACONES?CAPITULO VII- LA MERIENDA




Llego al Califa y observo que lo han reformado totalmente. Cuando yo lo conocí lo único que había de marroquí, aparte del nombre,  eran unas lámparas horribles y unos colores algo redundantes. Ahora lo habían ambientado con  unos sofás estilos árabes bajitos…demasiado bajitos, sin brazos y con muchos cojines.
 Las mesas eran también bajas, acordes con los sofás. La iluminación, a pesar de la hora temprana era tenue. Los colores que dominaban eran el verde anís, morado y azul oscuro.
Para mi gusto seguía recargado pero al menos ahora sí hacia honor a su nombre. Habían también varios pufs, que a mi particularmente me olían a camello, casi a ras del suelo, y lámparas de cristal combinadas con hierro forjado.
Para terminar de crear ambiente habían encendido unas velas que desprendían un olor un poco cargante.
Allí, al fondo del local, estaban las Nenas medio desparramadas por el suelo con una gran cachimba en el centro de la mesa con sabor a menta limón, según pude comprobar luego.
— ¡Ya era hora guapa!, te ha costado venir ¿eh?, me dice Almudena, toda roja por la inhalación que acababa de hacer.
—No mujer, es que me quede adormilada.
— ¡Joder con tanto dormir¡ Aquí estamos pensando ya en el viernes. No te puedes imaginar lo que tenemos programado.
—No, no quiero imaginarlo—, miedo me da de pensarlo
Intento acomodarme como puedo metiéndome cojines en los riñones, cruzo las piernas estilo buda y me pido un té verde pensando en sus propiedades antioxidantes, voy  a comenzar a cuidarme.
Ellas están en lo suyo, dando chupetones a las mangueras que salen de aquella enorme pipa.
Matilde está muy contenta, como siempre,  y de vez en cuando levanta su hermoso pompis para cambiar de postura. La verdad es que los asientos no son muy  cómodos, pero muy “chic”, dijo ella.
— ¿Dónde anda Carolina?, ¿no ha venido?, pregunto.
—Mírala—, dice Matilde, —está de relax—.
Junto a la barra hay una puerta que da a un patio estilo mozárabe, donde hay colocado una especie de tumbonas con doseles de velos blancos. Y allí esta ella, cual reina mora.
—Bueno y ¿qué es lo que habéis pensado?, pregunto asustada.
— ¿No te acuerdas? Hoy nos toca la fiesta de pijamas. ¡Como hacíamos antes! ¿Te acuerdas?, Almudena esta ilusionada como una joven adolescente.
Me muero de risa, pero ¿qué les ha pasado a éstas? ¿Han sufrido un rejuvenecimiento mental? ¿Se han metido en alguna máquina que las ha hecho retroceder en el tiempo?
— ¡Ole, ole, eso es lo que hay que hacer, echar cojones a la vida!, ¡Vamos a  lo importante: ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Cuándo?!—, Matilde no para de dar chupetones a la cachimba.
Sin esperar respuesta y medio atorada por el humo grita:
— ¡En la mía, en la mía! Por cierto, ¡cenamos pizza! Yo me encargo de comprar las chuches y todo lo necesario y luego hacemos cuentas. Tú, Almudena, llévate el Karaoke.
—Nos vemos en mi casa a las nueve ¿os parece bien?
—Caaarooool, ven aquí. Que te quedas dormida, chica.
Carolina se acerca y me parece ver en sus ojos un brillo muy especial. Ha llorado.
— Carol ¿Qué te pasa?, le digo dándole un abrazo.
— No sé, Laura, me he puesto a pensar y me he emocionado.
Se sienta junto a nosotras y se restriega los ojos. No quiere permitirse volver a sentir de nuevo aquel inmenso dolor por el que había pasado, pero a veces era inevitable.
Matilde, vuelve a acomodar su culo en el sofá, y noto que su rostro ha cambiado. Ella nunca expresa sus  sentimientos pero yo sé que es imposible que nunca se sienta mal. En algunos momentos, en el fondo de sus ojos podía ver la tristeza, pero sentía tanto amor por la vida que no se dejaba vencer. Ella sabía que era  nuestro timón y nuestra fuerza, así que cambiaba «el chip» y su mirada volvía a resplandecer.
— ¡Carolina! ¿Qué te tengo dicho?, cuando estés sola dedícate a pensar que vas a hacer para pasarlo bien, nada más. ¡Ése es el secreto!
—Pues yo a veces echo en falta una pareja, dijo Almudena.
Todas le miramos extrañadas. Nadie había hablado nunca de eso.
—No me miréis así, vosotras no estáis tan sola como yo. A veces, cuando llego a casa  me siento triste. Nadie me espera y cuando me acuesto siento un enorme vacío.
Almudena sigue abierta al amor, está convencida de que su media naranja anda por ahí y ella quiere encontrarla.
— ¡Nosotras te ayudaremos Almudena!, además con lo linda que eres no vas a tener problema, dice Carolina, ya repuesta.
—Hemos tenido mala suerte ¿verdad? A veces pienso que igual somos nosotras las culpables de que nos haya ido tan mal, dice Almudena con voz tímida.
— ¡Y una mierda! ¿Cómo podéis alguna pensar que ha sido culpa nuestra? ¿Que hemos hecho mal para que unos cerdos nos hagan tanto daño? Matilde, no sé cómo lo hizo, pero había dado un salto y con los ojos espantados,  nos señalaba con el dedo.
— ¡Que no se le ocurra a ninguna pensar eso!, no lo consiento.
—Estoy convencida de que habrá hombres buenos por ahí, pero nosotras hemos ido a parar con lo peor de lo peor, seguía meneando su dedo. ¡Y no ha sido culpa nuestra! Y tú, Almudena, no te preocupes que tú puedes encontrar el amor, tu pareja, tu media naranja y todo lo que quieras, pero deja de martirizarte. Y muy importante, si encuentras a alguien, piensa no una, ni dos, sino doscientas veces, si te conviene. Además ¿por qué cojones hay que vivir en pareja? Joder, no tiene por qué ser el estado perfecto, digo yo.
— Y ahora, a lo importante. Hemos quedado a las nueve Carolina.
—Vamos a pasarlo escandalosamente bien, dice Matilde mientras con el puño de su chaqueta, limpia una lagrima indiscreta que caía por su rostro.
Mientras preparo la mochila para lo que iba a ser una noche inolvidable, recordé la cantidad de fiestas de pijamas que habíamos organizado después de mi último batacazo amoroso.
 Claro que la mitad de la noche me la pasaba llorando y gritando lo birrias que eran los hombres que había conocido, así que tomé una decisión que terminó de una vez con mi esperanza de encontrar a mi hombre ideal.


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miércoles, 24 de abril de 2019

¿Volvemos a ponernos tacones? - CAPITULO VI-El primer gran amor


Pienso que aquel maldito día de la también maldita fiesta, fue crucial para lo que ha sido el resto de mi vida.
Aquella noche, y una vez perdí de vista a mi padre, Isabela, que no paraba de reír ante la situación y yo, nos acercamos a un grupo donde un joven con guitarra en  mano complacía a las chicas que le rodeaban cantando canciones con voz divina. Era  Ernesto, el que sería mi primer gran amor, y el que me dejaría con el tiempo hecha un trapo.
 Isabela me daba codazos mientras se tambaleaba sin dejar de vapulear su melena, yo intentaba aguantarla mientras no le quitaba ojo a aquel chico. No recuerdo como entablamos conversación ni como me convenció para que al día siguiente me viera en un viejo local decorado con posters de Jarcha y Mocedades. Allí un grupo de  jóvenes con guitarras, violines y un contrabajo que manejaba un chico muy corpulento,  se dedicaban a cantar y hacer fiestas benéficas. Aquello me gustó y más aún me gustaba aquél chico con cara y mirada de pillo.
En aquél lugar pasé gran parte de mi juventud. A veces iba a visitar a la Nenas, jamás perdimos el contacto. Por su parte, las MegaPinkitas, continuaban con sus exclusivas fiestas acompañadas por jóvenes con futuros muy prometedores.
Transcurrían los  meses y aquél muchacho no dejaba de tontear conmigo: que si vengo, que si me voy, que si te acompaño a la entrada del callejón,  hoy no te digo nada y te vas sola, hoy me voy con la tuna,  no me gusta que hables con aquél ….  El muy cerdo disfrutaba así, y yo hecha una imbécil  aguantaba todas aquellas incoherencias.
A veces me cogía de la mano y me sacaba de aquel lugar para darme un paseo como si fuese un caniche. Y en ese momento en el que yo tenía que preguntarle que mierda era yo para él, me limitaba a mirarle embobada, mientras él se paraba a hablar con todo ser viviente que se encontraba. Al día siguiente, le tocaba  flirtear con las otras chicas.
Todo acabó o mejor dicho comenzó cuando ya cansada de tanta burla me quedé en casa durante una semana. Entonces me llamó y me pidió que le acompañara. Sin mediar palabra, me llevó a su casa y me presento a toda su familia. Una gran familia, «enoooorme» familia.
—Ésta es Laura, mi novia, dijo.
— ¡Lo conseguí!, pensé. Gracias a mi perseverancia y paciencia, lo conseguí.
Como nota final a ese día tan especial, a las dos de la madrugada un grupo de chavales que formaban la tuna del instituto y dirigida por Ernesto, se plantaron bajo lo que creían era mi balcón entonando tiernas y apasionadas canciones. Claro que, como nunca me había llevado a casa, cantaban en el portal  equivocado recibiendo por respuesta una fresca lluvia de agua que provenía del piso de algún vecino que carecía de romanticismo alguno.
Salíamos con su hermana, Lola,  y su pareja. Los cuatro nos paseábamos en aquél  Renault 4l de segunda mano, que el novio de Lola se había comprado. Tomábamos pulpo a la gallega en nuestro bar favorito y de vez en cuando, al anochecer,  nos  dirigíamos al lugar más apartado y oscuro que podíamos encontrar. Allí y siguiendo un turno ya establecido, una pareja se esperaba fuera del coche (en invierno algo incómodo) y otra se quedaba en él  para desahogar sus ardientes deseos.
Por cierto, tampoco hubo sexo consumado en ésta relación. Ernesto, como muchos chicos de su edad, tenía un pequeño problema que necesitaba de intervención quirúrgica, no pudiendo rematar la faena. Para mí eso no era ningún inconveniente, me conformaba con sentir sus abrazos, besos y manos sobre mi cuerpo. Le amaba profundamente. Y supongo que él sí quedaba satisfecho.
Habían transcurridos más de cuatro años cuando terminó los estudios en el instituto y se alistó al ejercito de  marina donde los muchachos a los que no les gustaba mucho estudiar, encontraban un futuro prometedor. En su primer destino, lejos de nuestro pueblo, conoció a una chica, administrativa, bastante mayor que él y que consiguió pronto cautivar: el chaval era muy enamoradizo.
Yo recibía de vez en cuando una mantelería para el ajuar con una nota cariñosa que decía:
—No te olvido, pronto estaremos juntos para siempre.
Ilusionada,  me hice de un baúl de madera donde las guardaba con todo mi cariño. Ese tío tenía un morro de espanto y era un genio del engaño. Llevaba las dos relaciones adelante, con la mayor facilidad del mundo.
Yo soñaba con casarme pronto, tener mogollón de hijos y ser la mujer más feliz del universo: ¡qué ingenua!
No sé dónde metió a la pobre mujer ni que excusa le pondría la semana que fui a visitarle. No noté nada extraño, fue una semana maravillosa. Paseábamos por las calles de aquella ciudad encantadora y me abrazaba en cualquier esquina con gran cariño.
Pero aquel juego no podía durarle mucho tiempo y durante unas vacaciones en las que él volvía a casa y yo le esperaba con toda la familia al completo, sonó el teléfono. Me lancé a él como una loca.
— ¿Sí? ¿Ernesto?
— No, no, soy Elena, ¡hola! ¿Es que no ha llegado aún?
—Pues…no. ¿Quién le llama por favor?
—Elena, ¿tú eres su hermana? ¡Qué gusto de hablar contigo!, y va la tía y se ríe.
— ¿Puedes decirle que me llame cuando llegue, por favor? Es sólo para quedarme tranquila.
Tiré el teléfono y salí corriendo hacia la puerta.
— ¿Qué pasa? ¿Qué pasa?—, gritaba todo el mundo intentando retenerme.
— ¡Dejadme! ¡Qué sinvergüenza!
—Chiquilla, tranquila ¿Quién era?, a Lola se le puso la cara amarilla.
En medio de aquel barullo,  llaman a la puerta y allí estaba él con cara de «no he roto un plato en mi vida».
Su padre lo coge del brazo, su madre se hecha a llorar, su hermana le pega dos gritos.
— ¿Pero tú que has hecho animal? ¿Quién leches es Elena?
Los primos aguantando al padre, la hermana agarrándome del brazo, yo que me suelto y me largo escaleras abajo: todo un drama.
Me encerré en casa y no quise saber nada durante un tiempo. Lola me llamaba para consolarme.
— ¡Cuánto lo siento Laura!, éste se va a arrepentir. Te lo digo yo.
Después de unos años, y cuando aquella mujer le dio una patada en el culo, comentaba por el pueblo que yo tenía que haberle esperado. Me meo de risa.
Esta vez sí que me quede muy tocada, lloraba por los rincones y sentía que la vida había acabado para mí. — ¡Esto es una mierda! ¡Una gran mierda!, me decía mientras el llanto me ahogaba.
Pero allí estaban ellas, mis salvadoras, las mejores amigas del mundo: mis Nenas al Poder.
En el pueblo comenzaba la feria anual y no se les ocurrió otra cosa, para hacerme salir de aquel estado donde me quería morir, que apuntarme al  concurso: “Las chicas más salerosas del pueblo». Cuando recibí la citación para la entrevista había acabado de raparme el pelo como señal de protesta por las mujeres engañadas por tipos como  Ernesto. Mi nuevo aspecto no me favorecía nada.
Así me vi sentada en la sala de espera, junto a otras chicas con hermosos cabellos largos o cortes clásicos de  medias melenas y yo pelona con cara de póker. No sé cómo fue que me eligieron, pero ocurrió. Las chicas que habían ganado el concurso saltaban de alegría y mis queridas colegas me felicitaban satisfechas por su labor. Tengo que agradecerles a las tres, la semana tan fantástica que pasé, aunque de vez en cuando tuviera que esconderme en algún rincón de aquella divertida feria a desahogar mi pena.
Ya son  casi las cinco, al final se me hace tarde. Me duele la cabeza y no es de extrañar joder. Carolina me aconseja que nunca mire hacia atrás, cosa que llevo haciendo desde que me divorcié.
Espero pasar una buena tarde, despejarme y divertirme. Con mis chicas es fácil y yo tengo que intentarlo.




domingo, 17 de marzo de 2019

¿Volvemos a ponernos tacones?-Capítulo V- Un cambio de aires







El café se me ha quedado helado. Pido otro y llamo a mi madre para que no se asuste. Son ya las doce del mediodía. Seguramente mis amigas siguen con su recorrido y ya estarán algo achispadas.


—Ya voy para casa,  mamá. Llegaré en una media hora.
—Pues vale, aquí estoy yo, perenne como una hoja.
Desde que se quedó viuda, su vida no ha sido nada alegre. Realmente ella nunca fue alegre. Su carácter distanciaba mucho del de mi padre, de hecho pocas veces le acompañaba a reuniones y contertulias porque  se avergonzaba de lo escandaloso que era su marido.
Ya había tardado mucho mi móvil en sonar y recibo un whatsapp:
— ¿A que no sabes dónde estamos? —, es Matilde
—En el «Achúchate». No veas que movida hay aquí y es que esta el día estupendo, chica. No tenías que haberte ido. ¡Es que eres muy sosa!
—Te prometo que luego nos vemos, «Mati».
Digo yo que después de una movida como la mía, se necesita un tiempo de reflexión y tranquilidad. Por favor… un poco de paz. Matilde esto no podía comprenderlo, ella después de ser abandonada,  tardó poco en presentarse a un programa de televisión local como candidata a buscar pareja.
Tuvo varias citas con distintos aspirantes y después de algunos intentos fallidos decidió no cambiar su actual forma de vida por nada del mundo, así que se consagró a gozarla y disfrutarla.
Cuando miro el reloj me doy cuenta de lo tarde que se me ha hecho, pago la cuenta rápidamente y me dirijo a casa a paso ligero. Después de almorzar, me siento a leer un libro pero no consigo concentrarme, las vivencias de mi juventud siguen agobiándome.
Cansada de guateques y conciertos de guitarra, decidí de nuevo cambiar de aires. Di un salto al otro lado de la Alameda y fui a saludar al grupo de las MegaPinkitas, unas chicas pijas a más no poder pero muy agradables. A mi particularmente, me caían muy bien.
— ¡Qué tal Isabela!, ¿cómo andáis por aquí?
— ¡Chica, te veo genial! ¡Y «super-mega guay»!— me saludó lanzando su larga melena hacia detrás con ambas manos. Su voz sonaba así como  resfriada, pero eso era común entre las jóvenes del grupo.
— ¿Qué tal está Piluca?, hace mucho que no la veo.
—Anda por ahí con un chico que está cañón. De vez en cuando viene a visitarnos y la verdad es que la veo fenomenal.
—Por cierto, hoy tenemos una «megafiesta»  en el club: ¿te apuntas?—
—Vendrá a recogernos el minibús y luego nos trae de vuelta. ¡Venga porfi!,  contigo nos lo pasamos genial—,  la verdad es que cuando entraba en calor era un poco payasa.
El club estaba a las afueras del pueblo. Claro que solo tenían acceso exclusivo las hijas de militares de alto rango y podían permitirse llevar algún que otro invitado.
Por supuesto, eso de «me lo tengo que pensar», significaba convencer a mi padre para que me dejase volver algo más tarde y darle toda clase de detalles y explicaciones: a donde iba, con quien y de qué manera.
Una vez que con cara de ángel logré convencerle, llamé por teléfono a Isabela y quedamos en el portal de su casa desde donde nos recogería aquel bus pequeño que conducía un pobre marinero al que le daban órdenes como si fuesen sus sargentos.
— ¡Oye, no corras tanto que me despeino, «guapi»!.
— ¿Ves? ya se me cayó el bolso, ¡que espanto!, ¿no puedes coger las curvas más derechas?
Yo me había sentado junto a Isabela. Ella  me contaba  lo último en moda y maquillaje, y yo tomaba  notas mentales mientras nos dirigíamos a aquel preciado lugar por todas las jóvenes del pueblo que se quedaban con la miel en la boca por no poder asistir.
Habían preparado una gran barbacoa en aquella playa privada de la que solo los socios podían disfrutar.
Yo me había vestido para la ocasión,  pero la verdad, para nada había acertado. El patrón era el mismo para todas: melena larga, maquillaje natural, perfume sutil, pantalón vaquero muy ajustado, jersey unisex dos tallas más grandes de la suya consiguiendo que la manga tapase media mano y zapatos planos, por supuesto todo de marca. Yo me sentía como una falsa pija, claro.
Ya en el lugar de destino, los chicos no esperaban en la parada, debían de sentirse tan importantes que no éramos dignas de que fueran a recibirnos.
Se encontraban ya en la playa, charlando entre ellos con sus cazadoras tipo aviador, pelos engominados y miradas despectivas hacia todas nosotras. Esa actitud volvía a las chicas locas y  caían rendidas a sus pies.
¡Que estupidez!, pensaba yo. Si no fuese porque quiero divertirme un rato, me marchaba y los mandaba a todos a la mierda.
Aun así, no estuvo mal la noche, bebimos, comimos (más bien poco), y  nos bajamos a la playa. Nos sentamos en la arena sin perder el estilo. Habían colocado una barra para bebidas y la noche estaba espectacular.
 Lo mejor fue cuando Isabela, que se encontraba ya algo trastornada por los estimulantes combinados que se servían, me miro guiñando un ojo:
—Oye, me parece que ahí está tu padre.
A mí me dio una risa de muerte: — ¿Mi padre? ¿Cómo va a entrar aquí mi padre?—, aun así e instintivamente, solté el cigarrillo que tenía en la mano.
—Ay Isabela, de verdad, creo que te has pasado un poco con los cócteles.
 —Vamos a subir y te refrescas un poco la cara.
—Para nada, te digo que tu padre está en la barra—, se descojonaba dando vueltas en la arena como una peonza.
Cuando me doy la vuelta y miro hacia el lugar, me lo veo charlando con cinco o seis chicos que reían supongo que ante sus ocurrencias. Mi padre se había dedicado durante toda mi adolescencia a perseguirme con su Austin Morris siendo testigo de: mi primer cigarrillo, mi primer acercamiento a un chico (el de la Mobylette), mis movidas temporales entre pandillas..., todo un investigador. Tenía un morro impresionante y cuando le venía en gana se  presentaba a mis amigos entablando amistad como si fuese un adolescente más. Ellos le adoraban. Mi padre era un ser muy peculiar, murió muy joven, y yo le recuerdo cada día con una gran admiración y cariño. Le añoro tanto…
De nuevo suena el móvil.
 — ¿Laura?, soy Almudena. Oye te acordaras de que hoy nos vemos para merendar...
—Si, por supuesto, ¿a qué hora?
—Vente a las cinco al Califa y recuerda: ¡La vida empieza ahora! ¡Viva la libertad! ¡Nada como la independencia!
Está claro que el vino dulce ha hecho efecto.
 Tengo tiempo antes de comenzar a arreglarme de descansar un rato. ¿Descansar? Joder, me paso el día descansando.
Cada vez estoy más cabreada: ¡Que diferente podría haber sido mi vida!
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sábado, 9 de marzo de 2019

¿Volvemos a ponernos tacones? Capítulo IV-Una mañana de paseo


Me he despertado con  energía, me siento bien, descansada y con ganas de hacer cosas. Delante de mi espejo de aumento, decido adecentar mi aspecto, la verdad nada agradable. Abro mi armario y  veo lo que ha sido mi vestuario en estos meses: montones de chándales y pijamas.
Rebuscando, encuentro vaqueros y camisas que hace tiempo no uso.
 Mi madre ya está  desayunando. No sé con qué humor se habrá levantado pero, ya preparada, me acerco a la cocina.
— ¿Qué haces tan compuesta? Solo son las nueve de la mañana—, me dice mientras  unta su bollo con mantequilla.
—Para una vez que me arreglo, mama… ¿estoy guapa?, dime.
—Tú eres guapa, pero te digo que no sé qué haces repintada tan temprano.
—Pues mira, voy a tomar café con mis amigas, seguro que andan por ahí hoy domingo.
— ¿Ya empezáis la reunión? ¡Qué pronto!—
Mama,  tienes que acostumbrarte a que voy a salir más, estoy separada, no desahuciada.
—No te preocupes que ya se encargaran tus amigas de darte vida, juerga, y todo lo que venga detrás.
En fin, ya veo que con esta mujer es imposible mantener una conversación normal sin discutir, así que me levanto y me dirijo al salón. Pongo en marcha mi móvil y mando un whatsapp al grupo a ver dónde andan. Me imagino que habrían empezado la mañana con fuerza.
— ¡¿Dónde andáis canallas?!—
— ¡En el  Astorga!, ¡ya te queremos ver aquí guapa! ¡Acabamos de llegar!—, seguro que ha sido idea de Almudena que se empeña en seguir visitando los mismos lugares desde hace veinte años donde las cucarachas son como de la casa.
Cuando llego, allí están las tres, cual jóvenes doncellas, con sus desayunos lightpreparados: zumo de naranja, tostadas integrales y café. Sus rostros brillan por restos de cremas reparadoras, anti manchas y protectoras.
— ¿Qué tal estas, Laura?, ayer eras una zombi—, me pregunta Almudena.
 —No fue para tanto, es que estas demasiado  fuera de onda—, Matilde tiene los labios llenos de mermelada.
Veo que tiene un folio sobre la mesa donde está elaborando un esquema con los días y horas de la semana. En él comienza a anotar las actividades a realizar en cada momento.
 — ¡A ver! ¡Atención!—, tenemos que encontrar tiempo para:
-desayunos y paseos.
-tarde de peluquería y estética.
-merienda y chismorreo.
-fiesta de pijamas.
—Y sabéis que los finde están adjudicados: cena, baile y si a alguna le apetece, puede dedicarse a la búsqueda y captura.
Matilde, mientras  escribe descojona con sus propias ocurrencias.
— ¿Y si nos vamos este sábado al lago a pescar truchas? , yo nunca he pescado. ¿O nos vamos a la sierra y nos desparramamos por el campo? Deberíamos de hacer algún curso, por ejemplo, de corte y confección, tías yo no sé pegar un botón. No existía mujer en el mundo como ella para motivarnos. Había decidido cada Domingo organizar el tiempo libre de la semana siguiente.
— Así no hay tiempo para machacarse la cabeza, decía.
La verdad es que vivir regocijándose en penurias pasadas, como era mi caso, no es nada recomendable.
Se crea un barullo  para hacer el cuadrante y lograr que todas puedan asistir a los distintos eventos. Una vez  de acuerdo inician la parte formal y  lo firman. Si, si, lo firman, y lo peor, me hacen firmarlo a mí. Se supone que eso te compromete a acudir a todas aquellas actividades planificadas.
Una vez hemos desayunado decidimos caminar un rato para eliminar calorías y comenzamos a dar un paseo por la Real haciendo paradas en cada escaparate que encontramos en el camino. No creo que vayamos a quemar mucha grasa.
— ¡Que monería de pantalón, por favor! ¡Está abierto! ¿Me lo pruebo? ¡Acompáñame Laura!— Matilde, que se define como una mujer sabrosona,  pretende embutirse un pantalón dos tallas menos de la que usa habitualmente.
Sale del probador toda roja y aguantando la respiración.
— ¿Qué tal me ves? Queda mono ¿verdad?
Que le puedo decir yo que no la ofenda. Lo que más me preocupa es su incapacidad para respirar.
—Pues creo que quizás…una talla más... ¿no estarías más cómoda?
—Chica es que no la hay, ¿me lo llevo o qué?
—Si te ves bien y esta cómoda llévatelo Matilde, tú misma—,  se  lo compra,  y yo pienso en el mal rato que pasará el día que decida usarlo.
 El resto de chicas están en la acera colapsando el paso y comentando todo lo que les ha ocurrido durante el poco tiempo en el que no se han visto desde ayer. Continuamos nuestro paseo y transcurrida una hora escasa, Almudena propone un descanso para «tomar una copita». El día está precioso y los bares llenos de gente.
— Yo me marcho, tengo que llegar pronto a casa— que excusa más tonta, como si alguien me esperase con los brazos abiertos.
 -¡Mírala! No hay manera joder. A meterse otra vez en su casa.
Carolina me abraza: —Yo te comprendo—me dice al oído.
Le doy unos besos a las tres y me despido.
— ¡Recuerda que has firmado!, grita Matilde mientras me alejo.
Por el camino hacia casa me siento cabreada conmigo misma.
—Tenía que haberme ido con ellas, pensaba. Pero algo en mí no funciona y sólo me apetece estar sola.
Según Almudena,  es normal caer en depresión  después de un divorcio y más aún, si ha sido tan complicado como el mío, pero la solución está en no dejarse vencer por ese estado y comenzar rápidamente una nueva vida. Para ella su divorcio había sido un renacer,  para mí una caída en picado.
No tengo ganas de llegar a casa,  así que me acomodo en una cafetería de ambiente agradable: «sobre todo porque no hay nadie». Sólo hago regocijarme en mis recuerdos, vaya mierda. No sé a qué viene ahora martirizarme con el pasado, además ¿para qué? Ha sido un cúmulo de meteduras de pata.
¡Ay si yo pudiera volver atrás! ¡Cuántas cosas no haría y cuantas cambiaría! Cuando oigo a alguien decir: «No me arrepiento de nada de lo que he hecho en mi vida», siento una gran admiración. Yo me arrepiento de casi todo.
Después de aquella experiencia con el seminarista arrepentido, tuve varias relaciones que no llegaron a buen fin: había por allí  un chico pelirrojo, guapo y muy educado que pretendía acercarse a mí. La verdad es que me agradaba pero le rechacé porque no podía soportar ver aquella dermatitis seborreica que adornaba su incipiente bigote. Ahora es un distinguido abogado de un importante bufete de la capital.
Gracias a las redes sociales, tengo contacto con todas mis ex parejas, lo cual me viene muy bien para recordarme cada día lo idiota que había sido. Todos han conseguido una vida estable, acomodada y son inmensamente felices en sus matrimonios y seguramente la dermatitis de aquel chico habrá desaparecido.
Pero ¿qué podía hacer? El amor no llamaba a mi puerta y sólo eran impulsos inconscientes que me llevaban simplemente a perder el tiempo.

¿Volvemos a ponernos tacones? Capítulo III-Una relación extraña.



Mi madre se ha ido a dormir la siesta  y de nuevo vuelven a mi cabeza retazos de lo que debía de haber sido la mejor época de mi vida.
Después de primera decepción amorosa y  gracias a mi carácter abierto  decidí cambiar una temporada de compañías. La verdad es que siempre fui bastante inquieta, y aunque nunca se rompería el lazo que me unía a mis mejores amigas y siempre me tendrían dispuesta si me necesitaban, me gustaba revolotear de un lado a otro.
Ellas me conocían bien, así que no les importaba, además, la líder se lo podía permitir.
— ¡Ala!, ya se nos va el saltamontes, decía Almudena riendo.
Con esta actitud tan desenfadada, no me costó ningún trabajo integrarme en  una pandilla anexa a la nuestra. Me gustaba conocer gente nueva, oír nuevos chismorreos y, claro está, conocer nueva mercancía.
Esta vez, no se me ocurrió otra cosa que fijarme en un chico,  muy alto, con cara de intelectual. Tenía unos labios prominentes y al hablar solía soltar una lluvia de saliva. Llevaba unas enormes gafas, y eso sí, bajo ellas se podían ver unos ojos verdes preciosos.
Siempre supe ver lo bueno de cada persona, pero en este caso, sus ojos eran  lo único que se podía mirar, el resto era mejor obviarlo. Intentando recabar información entre las chicas de aquel grupo, descubrí que había acabado de salir de un seminario: había sentido la llamada de Dios y llevado una vida de celibato y devoción. Arrepentido de tanta entrega, lo abandonó y decidió estudiar medicina.
Yo siempre tan apasionada, me quedé prendada de los ojos del primero que me dirigió la palabra.
Nunca había visto a las Nenas pasear tanto por la alameda. Al pasar junto a nosotros me miraban con cara de picaras malvadas:
—Adioooos Lauraaa.
— ¡Qué pesadas! ¡Perderos del mapa!
La verdad es que Carolina tiene razón cuando dice que lo de hacer una buena selección nunca ha sido nuestro punto fuerte y así nos ha ido de bien.
Durante el primer paseo formal con éste chico, me llevó al cementerio del pueblo, concretamente a la zona de incineración y allí se dedicó a buscar huesos que le sirvieran para sus experimentos y trabajos universitarios. Implicarme en tan desagradable labor debía de ser su concepto de romanticismo. Hablaba y hablaba sin parar de músculos, nervios, tejidos… ¡todo un amor!
Sus amigos estaban muy contentos porque tuviese una compañía tan agradable y afín a sus extravagantes aficiones  y yo me dejaba llevar. Cada día me acompañaba a la entrada de aquel callejón oscuro y sin asfaltar donde al final  se encontraba mi casa.
Por cierto, ninguno de mis pretendientes, llegaron a bajar por ese lugar tan siniestro y me dejaban arriba con un cariñoso: ¡Hasta mañana!, entonces yo me daba patadas en el culo corriendo hasta llegar al portal. Mi madre se había empeñado en que algún día violarían a alguien por aquella calleja y yo estaba bastante sugestionada.
No recuerdo cuanto duró aquella extraña relación,  pero sí de su final. Era la primera vez que acudía a  una de las reuniones clandestinas que se hacían en casa de «donde no estuvieran los padres». Después de charlar un rato y tomar algunos combinados, las luces se apagaban y las parejas buscaban rincones donde poder achucharse.
Fue entonces cuando aquel muchacho, en un intento por integrarse en el mundo real, no se le ocurrió otra cosa que cogerme una teta sin avisar. Le metí un empujón y pegué un salto dirigiéndome a la puerta de salida con autentico pavor. Normal, teniendo en cuenta que mi anterior amor había sido tan puro.
Le dejé totalmente consternado: ¡pobre chaval!, creo que iba a ser su primera experiencia de tipo sexual. Se quedó tan sorprendido que no fue capaz  de ir detrás de mí. No quiero ni pensar en el revuelo que se formaría entre el resto de parejas cuando me marché.
 Al día siguiente no me atrevía a aparecer por nuestro lugar de reunión así que me dedique a pasear por las calles de los alrededores, pensando en mi estupidez y avergonzada por mi actuación de la noche anterior.
— ¡Laura!, ¿pero a dónde vas chica?—, me había encontrado.
— ¿Cómo te encuentras?, ¿qué te paso ayer? Perdona si te molesté.
—Oye, lo dejamos, esto no funciona—, le contesté.
¡Joder!, ¡¿no funciona?! Si no le dio tiempo ni a mostrar sus habilidades varoniles.
Allí le deje boquiabierto, me di la vuelta y volví a mi espacio natural, junto a Las Nenas. Nada que decir del cachondeo que éstas tenían conmigo cuando les conté  lo ocurrido.
—Lo que ocurre es que no estas enamorada de él—, Carolina, como siempre tan sabia, encontró el motivo de tan ridícula huida.
— ¡Me meeeeooo Laura! ¡Lo que a ti no te pase! ¡Es que me meo contigo! ¡Pobre chaval! ¡Seguro que se quedó con el «pito tieso»!, Matilde se descojonaba.
Y así continuamos con nuestras reuniones entre bromas, risas y guitarras, cantando canciones de Serrat y comiendo bollos rellenos de nata de aquella pastelería que sobrevivía gracias a nosotras.
 De vez en cuando acudíamos emperifolladas  a los bailes que se organizaban en una u otra pandilla y a los que todas las chicas éramos invitadas.
Sonaban canciones de Aretha Franklin y Barry White y sentadas esperábamos que algún pimpollo se acercara para pedirnos bailar. Entonces todas nos mirábamos con traviesas sonrisas y susurrábamos dando nuestras opiniones sobre: apariencia, corpulencia, altura, y futuro prometedor del muchacho. Siempre fuimos unas groseras cotillas.
Se me ha revuelto un poco el cuerpo con tanto recuerdo sobre todo sabiendo que en la actualidad aquel chico de los ojos verdes que escupía al hablar, ahora era uno de los más reputados hematólogos de la provincia. Se había casado con una compañera nuestra de colegio, tenían una descomunal casa de dos plantas y ganaba dinero a raudales.
— ¡Joder! ¡Que cagada!—, me decía.
Me pregunto si para nosotras existirá aún ése amor único, verdadero y apasionado, aquel que perdura toda la vida. Para mí que a estas alturas,  lo importante es el equilibrio, el respeto, la estabilidad y, por supuesto, si se puede vivir como una marquesa, pues mejor.
De todas formas lo último que yo ahora necesito es volver a tener pareja, se me ponen los pelos de punta solo de pensarlo.
Es tarde y quiero dormir, pero siento una angustia bestial, así que me tomo un ansiolítico y me pongo los cascos. No quiero oír música romántica, así que cambio de emisora y escucho las noticias sobre el mundo exterior que me rodea. Mañana será otro día y espero que al despertar algo haya cambiado.